En la avenida Kohly se abre al transeúnte habanero un paisaje inexistente en el centro de la ciudad
Juan Diego Rodríguez, La Habana |
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Más allá de Nuevo Vedado, pasando el cementerio de Colón y el zoológico, en los límites entre Playa y Plaza de la Revolución, se abre al transeúnte habanero un paisaje inexistente en el centro de la capital. Calles anchas y arboladas, casas gigantes y bien cuidadas, gente bien vestida, algunas de ellas con jabas repleta de alimentos, autos modernos. Aquí, en la avenida Kohly, no se oyen gritos ni discusiones, y la única cola que se ve, en la gasolinera Acapulco, avanza con orden.
Es la otra cara de la capital cubana, muy alejada del caos de Centro Habana o La Habana Vieja, no se diga municipios más pobres como Cerro, La Lisa o Diez de Octubre, donde el desmoronamiento y la suciedad dejan poco resquicio a la belleza. Sorprende, como ejemplo no tan banal, que haya cajeros, como los del Banco Metropolitano de 26 y 32, con dinero, sin fila y funcionando adecuadamente.
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Pero lo que más destaca quizá de este barrio son los contenedores de basura: impecables y recogidos, sin la montaña de desperdicios alrededor que se observa en tantas esquinas de la ciudad y que, en ocasiones, dan lugar a peligrosos incendios. En estas calles sí parecen trabajar los compañeros de los Servicios Comunales.
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Aquí, claro está, no vive cualquiera. Muchas de las casas de Kohly –que debe su nombre a la acaudalada familia de origen suizo que se asentó en Cuba a finales del siglo XVIII y cuyos descendientes, siempre conectados a la vida política, se exiliaron inmediatamente al triunfo de la Revolución– fueron “entregadas” a militares, funcionarios, ministros y cercanos al régimen tras 1959.
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Kohly pervive para enseñar las desigualdades que aquella Revolución, lejos de solucionar, acentuó. Una ciudad normal, bien conservada y civilizada, dentro de otra ciudad, ruinosa y donde prima la ley de la selva… reservada a los que no les tocó una porción del poder en la Isla.
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